jueves, 10 de noviembre de 2016

Camino a Moscú (La URSS Hoy, Capítulo I, Alexandru Sahia,1934)


Alexandru Sahia nació el 9 de octubre de 1908 en Manastire, en la provincia de Calarasi, y murió en 1937 en la capital rumana, Bucarest. Fue un importante periodista comunista del periodo interbélico, publicando en los principales diarios de la época.

Fue también un activo admirador de la Unión Soviética y militante del Partido Comunista en la clandestinidad, escribiendo el primero de los diarios de viajes al país de los soviets escritos por un rumano, el el describía las increíbles conquistas de la clase trabajadora en aquel país, en 1934: "La URSS Hoy"

Alexandru Sahia moriría con tan solo 29 años a causa de una tuberculosis mal tratada. En 1946, tras la llegada al gobierno tras las primeras elecciones democráticas celebradas en Rumania de la coalición democrática dirigida por el Partido Comunista, se le otorgó el título de "héroe de la clase trabajadora".

A continuación, compartimos la traducción realizada para este blog del primer capítulo del diario del viaje a la Unión Soviética en el año 1934 escrito por Alexandru Sahia,  "La URSS hoy".

LA URSS HOY (Capítulo 1)


CAMINO A MOSCÚ
(Estaciones – Tierra – Hombres).

En la estación de Varsovia caía una lluvia abundante. Era una lluvia turbia de mañana de otoño. Daba la impresión de que debía estar lloviendo en todas las estaciones del mundo.

Apoyé la maleta en una farola del andén y esperé el expreso de Berlín. Junto a mí esperaban otros hombres y mujeres; parecían tener todos cara de tranquilidad, mientras estaban casi todos protegidos bajo paraguas negros. Innumerables veces me pregunté si de verdad ese tren iba hacia Moscú.

Hasta ese momento no había salido apenas de mi país. Solo una vez, hasta Jaffa, pero entonces viajaría en barco, entre marineros, a veces en la cubierta y otras en la sala de máquinas, y no tuve necesidad de cambiar de tren ni de cruzar fronteras. Fueron doce días en el mar, atracando en todos los puertos, regresando en el mismo barco a Constanta, sin ninguna complicación.

Mientras tanto, iban llegando otros trenes, de los cuales descendían hacia la salida de la estación, en huida bárbara, oleadas de hombres.

El expreso de Moscú apareció ruidosamente a través de la cortina de agua, mojado y con las ventanas empañadas. Se detuvo con brusquedad, relajando los muelles y como resoplando por la nariz. El público plurinacional entró aglomeradamente por la puerta, amontonándose con los mozos y los maleteros.

En las estaciones los hombres parecen iguales en cualquier parte del planeta…

Después todo se calmó. En el andén, frente a las ventanas del vagón, se formó una fila de hombres que se despedían de los de dentro bajo los paraguas empapados.

*

Los viajeros con destino Moscú fueron todos agrupados en el mismo vagón. Nos presentamos unos a otros rápidamente. Había cuatro belgas jóvenes, una chica de Argentina, cinco ingleses disfrazados de viajeros de los pies a la cabeza y dos familias alemanas, bastante numerosas, por cierto, que iban en busca de empleo a la Unión Soviética.

En el vagón de los extranjeros, el nuestro, fueron subiendo y bajando también algunos polacos en casi todas las estaciones por las que pasamos.

El paisaje polaco me pareció muy pobre y estéril. Las casas de madera salpicaban las colinas húmedas o se acercaban alineadas hasta el margen de la vía del tren. Las pequeñas estaciones, con jefes serios con capas de plástico, veían pasar fugazmente los trenes veloces. Se quedaban rápidamente atrás, tiritando bajo las gotas frías de la lluvia otoñal. De vez en cuando, los castillos de los latifundistas elevaban sus torres insolentes, confirmando la historia de dominación dictatorial.


*




De la estación de Varsovia partimos a las 10.





A lo largo del pasillo, en una ventana del vagón, con los ojos fijos sobre la campiña, se hallaba una única persona. Los otros viajeros se habían encerrado en sus compartimentos. Se trataba de una señora joven, de silueta fina y delgada, vestida con un abrigo gris, pequeño sombrero estampado con copos de nieve, y guantes de mosquetero. Elizabeth Klewin, que así se llamaba, era pintora, católica y con un gran cariño hacia Polonia. Se dirigía al pueblo, a casa de sus padres, cargada con colores y paletas, para trabajar durante tres semanas. Era una mujer ilustrada y al tanto de la literatura extranjera. Había leído “El bosque de los ahorcados”, de Liviu Rebreanu, sabía que Panait Istrati había traicionado la causa proletaria, y también que en febrero de 1933 tuvo lugar la huelga de Grivita, donde habían sido asesinados muchos trabajadores.





Bajó del tren en una pequeña estación de la campiña polaca, donde la esperaba un joven alto, con botas rojas y gorra. Mientras el tren permanecía en la estación, Elizabeth Klewin subió en una carreta amarilla rural, al lado del joven alto polaco (puede que fuera su hermano).





El tren salió hacia Rusia, hacia adelante, y atrás quedó la carreta amarilla. Elizabeth agitó el brazo como una rama frágil, y después ya no se vio nada más.





*









Mujeres soviéticas, años 30


Permanecí junto a la ventana hasta la frontera. En el cristal estallaban las gotas de lluvia empujadas por el viento. Sobre el campo se extendía una capa gris.





En el pasillo aparecieron dos chavales rubios, con ropa de terciopelo. Uno tenia una pizarrita en la que una mano experta había escrito el alfabeto eslavo. Ellos también miraban por la ventana el campo húmedo y extraño. Sus barbillas, tiernas y blancas, golpeaban ligeramente, con el traqueteo del tren, la parte inferior del cristal. Eran los hijos de la familia alemana que viajaba para buscar trabajo en Rusia. Nos acercábamos a la frontera. Todavía quedaba media hora. A las cinco estaríamos en Niegoroloe, primera estación soviética.





En todos los vagones empezaron a circular oficiales polacos, soldados con carabina al hombro. Miraban atentamente a todas partes y seguían adelante, seguros de sí mismos, golpeándose las botas con las espuelas. En toda Polonia se sentía un aire cuartelero, una presencia de fuerza militar. En las calles de Varsovia te topabas a cada paso con la policía a caballo, la policía en motocicleta, en bicicleta o a pie.





El tren se detuvo en la última estación polaca. Se realizó el control de equipaje y el de visados y pasaportes. La lluvia había parado totalmente. Sobre lo alto del bosque se extendía una banda de un rojo encendido. El verde de la vegetación, con un ligero amarilleo de otoño, con el fondo del atardecer ensangrentado, te sobrecogía como si se estuviera en la frontera entre dos mundos.





¡Qué simbolismo tienen las fronteras! Por ejemplo, la estación polaca era pequeña y blanca como una miniatura. Un soldado polaco, con el arma al hombro, miraba hacia adelante, hacia la tierra soviética. A solo algunos metros se perfilaba la figura del soldado bolchevique, joven también, puede que de unos 21 años. Ambos encontraban sus miradas durante la hora de guardia –aunque la mirada de cada uno se extravíaba, profundizando cuanto mas lejos podía en el territorio de la patria del otro, fuera a lo largo de la vía del tren, a través el denso bosque, o hacia sus alturas. Ante los ojos de ambos guardias se extiendía una pequeña valla de alambre parecida a aquellas que delimitan los arreglos florales: las fronteras.





Así son las fronteras, juegos, simples símbolos. Entre las dos vallas pequeñas se encontraba la zona neutral. El tren salió despacio desde la última estación polaca para pasarnos al otro lado… (estoy seguro que solo con lo que sentía entonces, en el momento del paso de la frontera, podría escribir un libro entero)…





De repente, del lado soviético, sobre la vía del tren se alzó un arco enorme. En su centro colgaba una gran estrella roja con el escudo comunista: la hoz y el martillo. Sobre el frontispicio del arco estaba escrito: “proletarios de todo el mundo, uníos”. El tren nos deslizaba lentamente bajo la cita de Marx.





Donde empezaba el territorio soviético había un pequeño cuartel, probablemente un puesto fronterizo. Los soldados reposaban. ¡Los primeros soldados bolcheviques!... Unos hacían gimnasia en los aparatos, a la izquierda del cuartel; otros cantaban, y el resto bailaba al estilo cosaco. Un inglés espigado, con figura seca, sacando la mitad de su cuerpo por la ventana, miraba con los prismáticos emocionado. Después de que ya no pudo ver más se dirigió hacia nosotros y dijo, colocando los prismáticos en su cadera: “¿Han observado? ¡Todos estaban gordos”!





El tren avanzó un poco más y se detuvo en Niegoreloe. Era una estación moderna y que no tenía nada en común con ninguna otra estación que hubiera visto hasta entonces.





Fuimos invitados a descender sin el equipaje, porque este iba a ser descargado por el personal de la aduana. La sala en que entramos era impresionante, tanto por su tamaño como por su decoración. En las paredes de la izquierda, en dos grandiosos paneles, estaba representado el trabajo de los koljós y de las fábricas. El mapa de la Unión Soviética, de proporciones colosales, ocupaba enteramente la pared del fondo, y alrededor de toda la sala estaban escritas en cinco lenguas diferentes aquellas palabras de Marx: “Proletarios de todo el mundo, uníos”.





Las formalidades fueron rápidas. Por todos los lados se veían jóvenes de hasta 30 años. Resaltaba en todos una cortesía natural, una amabilidad, que te asombraba. Tras el final del control de equipajes, pudimos volver a subir al tren. Todos los vagones tenían camas. En los de segunda y tercera clase había cuatro camas; en la primera clase, solo dos. Mi billete era de tercera clase, por lo que viajaba en el mismo vagón que una de las familias alemanas. Muy pronto, la mujer del alemán empezó a preparar el dormitorio. Mientras tanto, un miembro del personal del tren trajo cuatro colchones, sábanas y almohadas limpias, todas en sacos sellados.





La familia alemana se durmió rápido. Los dos niños rubios estaban vestidos con pijamas azules y acostados en la misma cama. Yo debía dormir en la cama que estaba encima de ellos. Más tarde, cuando entré en el compartimiento, encontré sobre la mesilla, bajo la luz de una lamparilla rosa, la pizarra del niño con el alfabeto eslavo, junto al libro “Urbanismo Soviético”, libro de Koganovich sobre la reorganización socialista de las ciudades de la URSS.





Debía preparar la escalera para subir y hacer ruido. No tenía sueño, así que cubrí a los niños mejor con la manta y salí de nuevo.





El pasillo estaba vació. Solo estaba encendida una bombilla, y las otras se habían apagado. Pegué la frente a la ventana y me protegí los ojos de la luz interior con las manos, para poder ver hacia fuera. El tren corría siguiendo el ritmo de los ruidos uniformes que hacían las ruedas. A causa del tamaño de los vagones tuve la impresión de que debían estar muy cargados. Atravesamos bosques y pasamos por pasos estrechos entre altas colinas. Cuando salíamos a campo abierto la vista se hundía en la noche y la perspectiva se ahogaba en un mar de oscuridad.










Moscú, años 30


A lo largo de la vía se mostraban pequeñas casas en las cuales estaban encendidas minúsculas luces, que desde la ventana del tren, por la velocidad, parecían cuentas de un collar dorado. Por las carreteras que se dirigian a destinos desconocidos, podian verse coches con faros encendidos. Se deslizaban por el terciopelo oscuro como ojos embrujados. Se percibía el peso de la noche y como la oscuridad había penetrado no solo en todos los rincones del tren, sino también en el agua de los rios, en las piedras del campo, en los bosques de Rusia.





Debía de ser tarde; pero estaba decidido a esperar a que la mañana me pillara en la ventana del vagón. Quería ver el amanecer, el primero en las llanuras de Rusia. Muchas veces pasó junto a mí una joven con ropa de piel, boina roja, y un pequeño farol sobre el pecho, como un corazón. Era la jefa del tren.





-¿Por qué no duermes? – me preguntó cuando llegó a mi lado.





-Quiero ver al sol nacer – la respondí.





La chica sonrió y siguió adelante.





Todas las puertas de los compartimentos estaban cerradas. Fuera parecían distinguirse los rastrojos, la gran extensión de matorrales, y la silueta de los árboles a lo largo de la vía. En una estación en la que nos detuvimos pude ver, con la ayuda de la iluminación, los retratos de Lenin, Stalin, Vorosilov, Molotov o Koganovich, dibujados en tela, a veces incluso a tamaño natural. La tela roja de las banderas ondeaba con la brisa del otoño.





Se abrió la puerta de un compartimento. Apareció una cabeza de mujer despeinada, con el cigarro entre los dientes, que me preguntó donde estábamos. No supe que responderla. Habíamos parado en innumerables estaciones pero solo me acordaba de Minsk, la capital de la Rusia blanca.





La cabeza despeinada cerró la puerta de nuevo.





Apareció de nuevo la chica que tenía un farol como corazón. Se puso a mi lado y estuvimos mirando ambos por la ventana del vagón. La luz del farol estorbaba y no podíamos ver apenas un metro más allá de la vía. Entonces, se lo descolgó del pecho. Estuvimos uno junto al otro, hombro con hombro. La mirada de esta muchacha, que no tenía ni 24 años, segúia con ganas el rastro de la tierra soviética, que se extendía sin fin, negra y arada por los tractores. Podía ser que sus ojos hubieran estado así cientos de veces, escondidos tras el cristal, observando los bosques, los blancos campos, las colinas de Rusia. Me dijo, pegando su frente a la ventana:





-Mira, todas las nubes van desapareciendo, no has perdido la noche inútilmente. Vas a ver el amanecer del sol bolchevique- Sonrió, se colgó de nuevo el farol en la ropa, y continuó.





-De hecho, el sol, en esta región, no es tan interesante. En el norte de Siberia, hacia Murmank, el sol está días enteros en el cielo sin que anochezca. Allí se le ve girar describiendo un círculo. Ayer mismo leí en “Pravda” que en una región ártica los paisanos extienden cuerdas desde sus casas hasta la orilla del agua. Esto para que cuando tengan tres meses de noche continua puedan llegar sin equivocarse hasta el agua, agarrándose a la cuerda.





-¿Has ido alguna vez por allí?-, pregunté.





-No. Yo soy del Caúcaso, cerca de Tibilis. Soy de la región del camarada Iosif Visarionovich





-¿Joseph Vissarionovich ? Pregunté yo





-¡Si! Joseph Vissarionovich , ¿No has oído hablar de él?





-¡No!






Los negros ojos de la jefe del tren me miraban con incredulidad.





-¡Cómo!, ¿tu no has escuchado hablar de Joseph Vissarionovich Stalin?





-¡Ah!, del camarada Stalin sí, pero como lo has llamado tu, Vissarionovich , lo oigo ahora por vez primera.





-Vissarionovich es el apellido de su padre, zapatero del Caúcaso, y nosotros los bolcheviques así le llamamos, Joseph Vissarionovich . Las delegaciones de los koljos o de los trabajadores, todo el mundo le dice así al querido y amado Joseph Vissarionovich. Igual al camarada Kalinin, presidente de las repúblicas soviéticas: no nos referimos a él salvo como Mihail Ivanovich, así nos hemos acostumbrado con el tiempo.





El tren paró en una estación más grande y mi acompañante desapareció rápidamente.





Me maravilló esta chica. Libre, con total fe en sí misma, amistosa, ganándose la vida desde joven. Se ganó mi respeto mas sincero.





Al pasillo salió después la muchacha argentina, Luzana del Pió. La jefa de tren volvió y le presenté a la argentina. Estábamos los tres ante el hueco de la ventana. Luzana del Pió miraba con gran curiosidad a la trabajadora soviética. Paseaba sus ojos por su ropa de piel, por la boina roja o sobre el pequeño farol colgado sobre su pecho.





-¿Usted es la cuidadora del tren?-, preguntó la americana en un ruso horrible.





-No, soy la jefe de tren, respondió la chica soviética con claridad-. Luzana del Pió la seguía mirando con curiosidad.





-Así es, aquí las mujeres pueden ocupar cualquier función, si son capaces de ello. Hay camaradas que dirigen fábricas con miles de trabajadores, hay diputadas, presidentes de Koljoj, aviadoras. Nos hemos liberado del todo y somos iguales a los hombres-, aclaró.





Mientras tanto, fuera se entremezclaban el día y la noche. En el horizonte, el cielo parecía romperse, enrojeciéndose. Entramos en un bosque de hayas, con descampados grandes donde se veían montones de madera, ordenados en líneas.





El campo se fue iluminando pausadamente y a lo lejos el sol apareció como la mitad de una rueda de tractor al rojo vivo, hincada en la tierra. Flechas de fuego eran lanzadas desde la espalda del arco en ascuas, desgarrando el cielo. La campiña rusa se mostraba infinita a los pies del sol. Allí donde las cuchillas de los tractores cortaron la hierba con esperanza, la tierra se presentaba como en rebanadas negras, ordenadas una junto a otra.





El sol se movía lentamente sobre la orilla del mundo, donde da la impresión que daba paso al precipicio. Se elevaba poco a poco, completando a cada momento su disco en formación.





En los pueblos más cercanos a la vía del tren se empezaban a ver grupos de niños con mochilas a su espalda, dirigiéndose a la escuela. Un caballo, que seguramente se había escapado de los establos del Koljós, galopaba ágil con las crines iluminadas por los rayos del sol sobre los campos cultivados. De hecho, desde el tren, a grandes líneas, se podía leer un poco la vida en los koljos.





Veíamos hombres con sus botas, vacas en los patios de los campesinos, el maíz amarillo por entre los tablones de los almacenes, espaciados para que los pudiera secar el viento. Algunas iglesias ya no tenían cruces, y en su vértice ondeaba una bandera roja. Era el signo de que la iglesia había sido transformada en un centro cultural, una escuela o en un simple almacén.





En muchos pueblos, sin embargo, las iglesias seguían manteniendo su cruz.





En una de las estaciones encontramos a muchos campesinos y campesinas, a niños con flores en las manos y a grupos de música formados por los koljós, preparados para cantar a la primera señal.





Debía llegar desde Moscú un escritor que, según logré enterarme después, era Solojov.





En los muros de las estaciones estaban colgados diferentes citas de Lenin, Stalin, Molotov, o de otros de los principales líderes bolcheviques. Grandes diagramas mostraban los logros alcanzados en el sector de los transportes en los dos primeros planes quinquenales. La mayoría de las estaciones eran nuevas o estaban en proceso de construcción.





Nos acercábamos a Moscú.





Se veía a lo lejos la difuminada silueta de la ciudad, el humo, las chimeneas de las fábricas y las torres, las incontables torres de las iglesias con cruces de oro, sobre las que se veían ondear las banderas rojas. Largos trenes o simples balancines pasaban a nuestro lado a su máxima velocidad. Nos encontramos con equipos de obreros llevando toda clase de herramientas. Pasamos por debajo de impresionantes puentes suspendidos. Las vías de tren se fueron multiplicando conforme nos acercábamos, convirtiéndose en un gran campo de raíles, a cuyos lados iba apareciendo la ciudad de Moscú.






Moscú, estacíon






Todos los viajeros se agolparon en los pasillos del tren mirando con ganas los primeros edificios de la capital soviética. Los bloques nuevos se alineaban ordenados junto a las casas antiguas, coquetas y verdes, dejando huecos para parques grandes y pequeños, siempre llenos de niños.





La estación de Moscú en la que acabamos el viaje era impresionante. Una multitud inmensa corría por todas partes. Serían las 11.





Al final de la vía, de donde partían todos los trenes, se encontraban los bustos de Lenin y Stalin grabados en la piedra.





En el andén nos esperaban los representantes de Intourist, con sus coches al final de la escalera. El inglés alto y con los prismáticos en la cadera me propuso ir andando. Acepté. Nos quedamos solos en las escaleras de la estación. Hacía un sol cálido de otoño y la animación de la calle nos asustó un poco.





Todo el mundo se apresuraba, iba hacia algún lugar que nosotros desconocíamos. Nos imaginamos que el grupo de obreros iba hacia la fábrica con su mono de trabajo, que la chica en manga corta y con la raqueta en la mano se dirigía a la pista de tenis, las camionetas con niños saldrían hacia el campo o puede que volvieran de la escuela.





Caminamos, no sin emoción, por este hormiguero de gente que corría y corría, a veces en tranvía, otras con autobuses o trolebuses.





Frente a un quiosco de periódicos nos detuvimos.





Ambos con el mismo pensamiento, pedimos “Pravda” e “Izvestia”. Los tomamos, los ojeamos, abrimos todas sus páginas, y al final, después de haberlos doblado con cuidado, los metimos en nuestro bolsillo.





En la primera esquina de la calle nos paramos de nuevo. Se demolía una iglesia. Una iglesia bastante grande, sin interés artístico alguno. Dos torres habían caído ya hasta ese momento, y de la tercera solo había desaparecido el tejado. Un equipo de obreros, subidos en el cuerpo de la iglesia, trabajaba con dedicación. Utilizaban aparatos eléctricos como los que rompen el asfalto de las calles. Trabajaban con provecho; de cuando en cuando se escuchaban gritos cortos de aviso, tras los que caían unos cuantos pedazos de muro, precipitándose hacia el suelo, chocando contra el suelo con gran estruendo.





Era el más novedoso espectáculo que había visto hasta ahora. Los viandantes seguían por su camino, sin interesarse en él. Nosotros permanecimos mirando como únicos espectadores.





El inglés me preguntó que religión profesaba. Tenía el rostro sudoroso y parecía emocionado. Le respondí que, por nacimiento, cristiano-ortodoxo.





-¡Como ellos!-, dijo él





-¿Quiénes?





-¡Los rusos!...





-Como los viejos rusos-, completé yo - porque los nuevos, ¡míreles que hacen!





-Yo soy protestante-, añadió sin que yo le preguntara nada.





Mientras tanto nos fuimos adentrando un poco más en el corazón de Moscú. El amistoso sol de los primeros días de septiembre hacía que brillaran con fuerza las cruces de las torres de oro, sobre las que se alzaban las banderas rojas ondeantes.

6 comentarios:

Anónimo dijo...

Estará usted de enhorabuena, viendo usted estos días el inmenso patrimonio que ha acumulado Yanukovich, viendo las fotos de sus mansiónes.

Aunque no llega ni de cerca a la megalomanía de Chauchescu, y su palacio de lujo presidencial, segundo edificio más grande del mundo y cuya construcción, tubo más esfuerzo y dinero del pueblo que el molino de viento de la Granja Animal.



Jose Luis Forneo dijo...

Bueno, Yanukovich es un ladron capitalista como seguramente usted y su madre. Pero Ceausescu (!no chauchescu, gañan, que no sabes ni escribir!) no era el propietario del palacio que usted dice. Usted es un lelo que se traga todo lo que dicen. El Palacio de Ceausescu no era suyo, sino de los rumanos, y de hecho hoy sigue siendo del estado y no de su familia (como dictan las normas de la propiedad privada capitalista).
Si usted confunde a Yanukovich, un mafioso capitalista de tomo y lomo, con Ceausescu, que era un comunista elitista que, sin embargo, no tenia propiedad alguna, es que además de no saber escribir, algo muy significativo, su educación y su uso del cerebro deben tener muchas lagunas.

Por cierto, la Casa del Pueblo de Bucarest, eso que los medios de propaganda de gente como Yanukovich dice es "su palacio" fue construida con herramientas, materiales, y personal todo rumano (de eso que hoy la gentuza como usted ha saqueado y apenas queda nada). Por otro lado, los rumanos en aquella epoca no sabian que hacer con el dinero, pues la falta de trabajo no existia, los salarios eran altos y, sin embargo, no tenian productos innecesarios en los que gastarlo. No habia ningun rumano pobre, ni tampoco ninguno sin trabajo! Eso si, no controlaban e poder, sino una elite del partido, algo negativo que, en comparacion con lo que sucede hoy en Rumania o España, o en Ucrania, es todo un paraiso donde los mafiosos y grandes saqueadores, al igual que los desempleados y las personas sin vivienda, eran ciencia ficción que, tristemente, se hicieron realidad a partir de 1990.

Saludos (si quieres clases de historia, ortografía y de sentido común -uso del cerebro, que para algo se tiene-, pídeme las tarifas, aunque en casos como el tuyo, por el esfuerzo necesario, serán enormes !pedazo de gañán!)

Saludos "chauchesquillo"

Anónimo dijo...

Como echaba de menos al Jose Luis que chapaba bocas de idiotas. Me quito el sombrero ante usted camarada.

rossoallosso dijo...

bella risposta Jose,inutile spiegare alle capre

Anónimo dijo...

Ceaucescu no era el titular de ese inmenso palacio. Lo mandó construir con dinero del Estado mostrando muy poca modestia y bastante falta de ética-estética para irse a vivir allí. Acostado en su colchón de plumas ¿qué más le daba que el Palacio fuera del Estado si, de facto, podía decir como Luis XIV que el Estado era él?

Jose Luis Forneo dijo...

Ceausescu no tenia ningun poder en Rumania, aun menos que el titere Obama o Mariano Rajoy en sus paises. En este segundo caso, son asalariados de las grandes multinacionales; en el primer caso, era un servidor del partido (que, esos si, se habia convertido en una elite en transicion hacia el capitalismo). Lo cierto, aunque credulos como Bola de Nieve se traguen toda la propaganda oficial, las mansiones donde viven Obama y Rajoy, y sus cuentas corrientes, si que estan llenas de dinero robado a los ciudadanos, y no digamos la de los grandes mafiosos de las multinacionales corporativas. Supongo que cuando un alma de esclavo critica a Ceausescu esta obviendo por motivos ideologicos, o estupidez, a los grandes saqueadores del mundo capitalista, con mansiones mas grandes (y no del estado, sino que se las han apropiado), y eso a pesar de que en este ultimo caso el desempleo galopante, la ausencia de vivienda, la miseria generalizada, etc... son evidencias sistemicas, mientras en la epoca del comunismo en decadencia de Ceausescu todavia no existian.

Saludos Socialistas

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